María Ester Jozami

Juana la loca: una catástrofe de amor

Juana la Loca velando el cadáver de Felipe el Hermoso   Francisco Pradilla y Ortiz – 1877

¡Locura amorosa!

¡Pleonismo!

¡El amor ya es locura!

(Heine)

El célebre cuadro de Francisco Pradilla inmortalizó la imagen y su leyenda. Con este cuadro obtuvo el premio Nacional de Madrid en 1878.

Allí Doña Juana, con mirar lúgubre, expresión enajenada y paños y velos negros batidos por el viento inclemente de la estepa castellana, está ante el féretro de su esposo, Felipe el hermoso.


Algunos autores, como Juan Antonio Vallejo – Nágera, la describe y la sitúa como una Ezquizo – Paranoide cuando escribe sobre ella en “Locos egregios”.  

Describe, en realidad, una historia de amor, pasión y muerte. Una historia donde esta trilogía posibilita enlaces y catástrofes. Y es en ésta, en la catástrofe, donde ubicamos “pasión y muerte”.

Doña Juana es hija de los Reyes Católicos. La reina Isabel dice: “había quedado prendada del astuto Fernando con (al decir de sus relatores) pasión fulminante”. “…amaba mucho al Rey lo celaba fuera de toda medida!”, escriben los cronistas de la época y “…montaba sonoros números de furor y lágrimas cada vez que su marido la engañaba con otra, cosa harto frecuente.”

Como otro antecedente familiar que considero importante, está su abuela “Isabel de Portugal”, la viuda de Juan II, ésta se pasó los últimos 42 años de su vida encerrada en el castillo de Arévalo y llamando a gritos a un tal Don Álvaro (se supone que es Álvaro de Luna), al cual Juan II había hecho decapitar.

De niña Juana visitó a esta abuela cuya historia pareciera haber repetido; en tanto pasión, locura, encierro y muerte fueron los derroteros por los que fue su vida.

El Rey Fernando (el padre) descripto como malvado, tramposo, taimado, amoral, habilísimo, dicen que fue uno de los modelos en los que Maquiavelo se inspiró para escribir “El Príncipe”.

Son estos algunos antecedentes familiares de Juana a la que sin poder tener los suficientes elementos para aventurar un diagnóstico clínico, tal vez podríamos pensarla como una neurótica grave —como en el “borde” de la neurosis (Heinrich)—.

Una neurótica con una historia donde hubo momentos de enloquecimiento y puntos de melancolización, donde la pasión, que no es privativa de una estructura clínica, la posicionó como una padeciente donde, por momentos, se borraban sus límites como sujeto; llevándola a ese más allá… (del principio del placer) que es donde Freud situó a la pulsión de muerte o a ese resquebrajamiento del marco fantasmático donde se pierde un significado que pone en jaque la referencia significante Nombre del Padre y el sujeto “se pierde en los caminitos” de un goce donde no aparece la medida.

Y Juana caminó por estos andariveles, su vida, su historia o lo que de ella se relata dan cuenta de esto.

El tema de la pasión aparece en la filosofía, en la literatura y en la psiquiatría desde las psicosis. Tal vez por esto la diagnostica (Vallejo – Nágera) como ubicada en ésta estructura clínica.

Ya que la psiquiatría caracteriza a la pasión, en la paranoia desde la erotomanía, la celotipia y la reivindicación teniendo como elementos que la definen que son irresistibles, borran los límites del sujeto y poseen al sujeto que pasivamente “padece de pasión”.

Pero desde el psicoanálisis, dijimos, “la pasión” no es privativa de una estructura clínica por tanto están referidas a la condición misma de lo humano.

Al decir de E. Fernández “momento de detención final del deseo que ya no sería ni insatisfecho, ni imposible, ni prevenido, sino espejismo del deseo puro encontrando su objeto total y definitivo y por lo tanto realizándose en el ser”.

Continuando con Juana sus relatores dicen que:

A los 16 años la casaron con Felipe de Borgoña.

Como es de suponer, ella no conocía a su futuro esposo. La boda con Felipe fue uno de los enlaces que gestionaron los Reyes Católicos en su ambiciosa y “brillante” política matrimonial.

Juana partió, en 1496, camino a Flandes, se encontró con su futuro esposo en un convento cercano a Amberes; el tenía 18 años, pereciera haberse “prendado” al momento de verse. De hecho el enlace estaba fijado para cuatro días más tarde, pero Felipe hizo venir a un capellán para que los casara y poder así consumar su matrimonio. 

Juana se deslumbró por este Felipe no tan hermoso pero deportista, amante de los torneos, los bailes y los juegos de pelota y habría que agregarle también que es descripto como “un vividor”.

Juana quedó en medio de intrigas e intereses, recordemos que el emperador Maximiliano, Luis XII de Francia y los Reyes Católicos, todos ellos, estaban enfrentados en impedir que alguno de los otros se hiciera demasiado poderoso, y todos intentaban convertirse en la mayor potencia, y a todos ellos les interesaba contar con la fidelidad de Flandes; precisamente el nuevo destino de Juana.

Los Reyes Católicos apremiaban a su hija para que atrajera a Felipe hacia las posiciones españolas, pero Felipe insistía en aliarse a Francia, que estaba en guerra con España por el control de Nápoles.

Pero Juana, aislada en Bruselas, dócil y enamorada, no era una buena agente para sus padres. Ella se plegaba a la voluntad de Felipe y se contentaba con vivir una vida “risueña”. Tuvo enseguida una hija y se volvió a embarazar, gestaciones que no le impedían acudir y disfrutar de fiestas, a tal punto que su segundo parto tuvo lugar en una de estas fiestas, (dio a luz al que sería el emperador Carlos I).

Tras cuatro muertes encadenadas (que suponían el fracaso de la política matrimonial de los Reyes Católicos) Juana, por corrimiento sucesorio queda como heredera de los tronos de Aragón y Castilla:

Muere Juan (hermano de Juana), el heredero de los Reyes Católicos y su hijo póstumo nace muerto.

Fallece la infanta Isabel (hermana de Juana), durante el parto de un hijo que sobrevive dos años. 

Fallece el marido inglés de Catalina (hermana de Juana).

Tras estas muertes los Reyes Católicos decretan luto riguroso en toda la corte. 

Y aquí empezó el derrumbe de Juana: 

Felipe (su marido) viéndose como próximo soberano de España, es decir, anexando España al imperio austríaco, comenzó nuevas intrigas, ya que se preveía una muerte próxima: la de la Reina, que estaba muy enferma y Felipe no confiaba en que el Rey Fernando cediera la corona de la poderosa Castilla a su hija Juana. Y esto era realmente así.

Juana quedó atrapada en estas luchas.

La catástrofe en 1501, cuando Juana y Felipe viajaron a España para ser proclamados herederos al trono. 

Los Reyes Católicos intentaron atraer a Felipe y aliarlo en contra de Francia, pero las preferencias de Felipe eran claras, no se alió a sus suegros.

Echo de su séquito a los partidarios de los Reyes Católicos y cerró filas con el Obispo Besançon, fiel defensor de Luis XII. 

El Obispo murió repentinamente, Felipe supuso un envenenamiento y temiendo por su vida decidió salir de España.

Juana, embarazada de siete meses fue utilizada, una vez más, con el pretexto de su salud, su madre, hizo que insistiera a su marido a quedarse en España, pero Felipe, asustado, decidió que se quedara Juana hasta dar a luz.

De hecho, enojado con su mujer partió, luego de dos meses, de España.

Sus biógrafos escriben lo siguiente:

Juana “desolada” cayó en su primera gran depresión, una melancolía que la dejaba muda y como ausente…

Luego del parto se mostró más animada. Esto se debía a que su madre le prometió que una vez recuperada la pondría en los barcos para llevarla a Flandes.

Los meses pasaron y la promesa no se cumplió, Juana, enloquecida, pensaba que la habían secuestrado con la complicidad de su marido, al que imaginaba en Bruselas, engañándola con las damas de la corte. Ahora bien, ella estaba prácticamente secuestrada (ya que los padres no pensaban permitirle regresar a Flandes). Y de hecho su marido la engañaba.

Juana, internada en el Castillo de la Mota, virtualmente prisionera, no comía, no dormía, no se lavaba.

Recibe una carta de su marido que le pide que vuelva. Esto le prueba que no había complicidad con sus padres.

Juana, feliz, ordena prepararlo todo para el viaje.

El Obispo Fonseca la detiene en nombre de la Reina Isabel: tiene que recurrir a la fuerza, quitarle los caballos, alzar el puente levadizo y cerrar las puertas, porque Juana está dispuesta a irse aunque sea a pie.

Juana, reina de Flandes y heredera de las tronos de Aragón y Castilla, no tiene a nadie para ayudarle: es una prisionera.

Llora, grita, protesta y en noviembre se pasa en el gélido patio toda la noche sin abrigo.

Nuevamente sobrevienen raptos de ausencia y la embarga una gran tristeza.

Juana empieza a ser “la loca”.

Pensemos que entre muertes y embarazos, partos y esperas, han pasado casi dos años.

Dos años sin Felipe, separada de quien es depositario de esta pasión que por momentos desdibuja sus límites.

Felipe la manda a buscar. Juana, llega a Bruselas, él está cambiado, se había enamorado de una flamenca, una dama de  la corte.

Sobrevienen escenas y ataques de celos, escenas que se repitieron con frecuencia y que desencadenaron un ataque a la dama flamenca; esto sólo dio más elementos para tratarla como “loca”.

Juana, descubre una nota de su marido a la amante; y esta mujer con el poder que le daba el amor del Rey se atreve a enfrentarla.

Juana “enloquecida por los celos” se  abalanza y le corta las trenzas y le marca la cara con las tijeras.

Felipe la engaña, la humilla, la encierra pero Juana “apasionada” por él padece este amor. Intenta reconquistarlo.

Felipe para justificar sus malos tratos encarga al tesorero de Juana (Martín de Moxica, que era leal, por entonces, a Felipe), que lleve un diario en el que debía anotar con detalle las anormalidades de Juana.

Pese a todo, como dijimos Juana intentaba reconquistar a Felipe y alterna las escenas de celos con todas las técnicas que se le ocurren de seducción. Recurre a extravagancias (dice Vallejo – Nágera), como maniobras de harén, que aprende de las moriscas de su séquito. (Extravagancias sería bañarse y perfumarse exageradamente varias veces al día).

Ahora bien ¿acaso es posible pensar que un psicótico “arma una escena de seducción” a pesar de toda lo “extravagante” que pudiera parecer el modo?

Muere Isabel la Católica, Fernando utilizó (el diario de excentricidades) que le había enviado Felipe.

Juana se encuentra rodeada de intrigas, de probarse su locura el Poder pasaría a un regente, su Padre, a pesar de los intentos de Felipe de disputarse este lugar.

Pero Felipe enferma gravemente, cuando éste muere después de “abnegados cuidados de su esposa”  (Está embarazada de 5 meses. Bebía las medicinas previamente a dárselas a su marido pues temía ser envenenado).

Dicen que Juana no pareció inmutarse y a partir de aquí se disparó la leyenda de la “locura pasional” o de cómo la llamaron algunos biógrafos, se disparó “su locura de amor”.

Amor – pasión, entonces y de esta última se padece. Denis de Rougemont (“El amor y occidente”) describe a al pasión como “una amarga depresión, un empobrecimiento de la conciencia vacío de toda diversidad, una obsesión de la imaginación concentrada en una sola imagen y a partir de entonces el mundo se desvanece”.

Dijimos que es a partir de la muerte de Felipe cuando se dispara definitivamente la leyenda de la locura pasional de Juana, que venía teniendo como sustento el antecedente de este “amor –  pasión irrefrenable”  hacia su marido el mismo que generaba las escenas de “celos locos” que podrían hacer pensar en una erotomonía con rasgos celotípicos con lo cual quedaría del lado de la psicosis. Pero creo que es posible dudar de tal diagnóstico y que es posible pensar que era una “histérica loca”. Neurosis que quedaba, por momentos o en ciertas etapas, “suspendida”.

No se trataría de una forclusión fundante , es decir, del significante Nombre del Padre (esto remitiría a la psicosis) sino de la forclusión  de un significante que al excluirse de la cadena la deja desposeída , padeciente, padeciendo lo real.

Ahora bien,  ¿qué sucedió al morir Felipe?.

A partir de este momento Juana quedó “impávida y sin derramar una lágrima” iba a verlo a Felipe todas las semanas al lugar donde lo había hecho desenterrara a poco de haber ocurrido esto, Felipe, mal embalsamado, era visitado por Juana que abría el cajón, desarmaba el sudario y besaba sus pies.

Cuando llegó la peste se vió obligada a salir de Burgos y se llevó el cadáver de Felipe y lo paseó durante dos años en sórdido cortejo por media España, marchando de noche durmiendo de día.

Penó al cabo de dos años sola y acosada, rodeada de espías (y acompañada patéticamente del cadáver de Felipe), su padre Fernando logra internarla en el castillo de Tordesillas. Juana tenía 29 años ya no saldría de allí.

Esta nos sitúa ante la imposibilidad de un duelo. Una imposibilidad que en tanto deja un “duelo en suspenso” no permite su tramitación 

¿Cómo tramitar una separación con este objeto?.

Freud en 1915 escribe “Duelo y melancolía” y M. Geréz nos sugiere leerlo Duelo y melancolía o Duelo o melancolía.

En la Melancolía (como psicosis) no hay objetos perdidos, no hay registro de la falta del Otro, por lo que no es posible realizar un duelo ni siquiera “patológico”.

En la neurosis el duelo supone algún punto de melancolización. Podriamos decir a falta de duelo – melancolización.

Ahora bien, ¿Qué sucede con una neurosis donde la fragilidad de su constitución la presentan permanentemente con momentos de  “enloquecimiento”?. Como sucede cuando lo que pierde es justamente aquel objeto que hizo de soporte y estabilizador mientras respondió (no olvidemos que Juana pierde a sus hermanos y a su madre) y quien la mantiene enmarcada es Felipe y este amor pasión que cuando falla (y siempre falla) la hace enloquecer. Juana, al morir Felipe no puede soportar lo que en el duelo se pone en juego, y es la privación.

En el duelo se es privado del objeto, hay un objeto perdido.

Ahora  bien, el agujero de esta pérdida que provoca el duelo en el sujeto  ¿dónde está?. “Está en lo real”.

Así como lo que es rechazado en lo simbólico  reaparece en lo real, así también, el agujero  de la pérdida en lo real moviliza al significante. Significante que no termina de poder articularse al nivel del otro, y es por esto que tal como sucede en las psicosis, comienzan a pulular imágenes por las cuales se revelan los fenómenos del duelo.

El ghost da cuenta de esto. Horroriza y sorprende y acompaña una etapa del duelo y se sostiene  con otros fenómenos “elementales”.

Pero  esto no cesa allí donde no fueron realizados los ritos que exige aquello que refiere a la “memoria del muerto”.

Defecto del rito significante que imposibilita “suspende el duelo” y con esto también “la neurosis queda  suspendida”.

En “Duelo y Melancolía”, Freud se refiere a las distintas maneras de responder a la pérdida de objeto; pero Freud encuentra que hay resistencia a retirar la libido del objeto.

Plantea, entonces, tres alternativas.

El duelo normal: en el  cual, mediante un considerable gasto de tiempo y energía se prolonga psíquicamente la existencia del objeto. Es decir que gracias al trabajo del duelo, el objeto seguirá teniendo existencia psíquica. Y en este trabajo habrá que ir de la separación a la alineación tantas veces como sea necesario.

En la melancolía: en cambio, en una identificación con el objeto “la sombra del objeto que cae sobre el yo” coagula e impide toda posibilidad de duelo. No hay posibilidad de separación ya que estructuralmente no operó la metáfora que pudiera haberla posibilitado. La melancolía queda así del lado de las psicosis.

Y una tercera alternativa: que ni lleva al duelo normal ni a la melancolía y surge cuando la resistencia a retirar las cargas de la realidad llega a tal extremo que “el sujeto va a decidir conservar el objeto mediante una “psicosis alucinatoria de deseo” (y ponemos esto entre comillas,  porque Freud usó como sinónimo “psicosis alucinatoria de deseo” y “locura  alucinatoria” para referirse a la Amentia de Meynert. A esta Freud la describe definida por un lado en relación a la melancolía y por el otro con manifestaciones de locura.

Esto aparece en la obra de Freud en “Neuropsicosis de Defensa”, “Lo inconsciente”, “Adición metapsicológica a la interpretación de los sueños”, “Duelo y melancolía” y “Esquema del psicoanálisis”.

Y es éste el cuadro que soportaría Juana hasta su final.

Encerrada en Tordesillas (por su padre)   los últimos 47 años de su vida. Coloca el féretro de Felipe en el monasterio de Santa Clara  para que pudiera contemplarlo desde una ventana de Tordesillas.

Son variados los acontecimientos políticos que suceden durante esos años y en algunos de ellos Juana tuvo una pequeña intervención. Como cuando los comuneros a los que respaldaba,  fueron a verla requiriendo su firma, pero ello se negó para ser fiel a su hijo Carlos I.

Esto fue el fracaso del movimiento revolucionario y el encierro y enajenación sin retorno de Juana.

Los restos de Felipe seguían sin ser sepultados.  Juana, sin el  recurso  del rito, melancolizada quedó a merced de ese goce, más allá del  principio del placer, donde se pierde la carretera y  “las brujas empedernidas se ensuciaban en el agua bendita”,  impidiéndole toda práctica religiosa.

Muere soportando todo tipo de dolor físico y espiritual.

Rodeada de muerte y “acompañada de su muerto” termina su vida a los 77 años.

Tal vez para Juana hubo “en el cementerio propio demasiadas tumbas sin lápida” (M. Little).

María Ester Jozami

Psicoanalista. Dra en Psicología Social

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